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El Agua del Frente de la Mitad

Por: Luis Cadavid

La última publicación de Lenin Ortiz Arciniegas es un libro sobre Cochasquí llamado “El agua del frente de la mitad”, cuyo tema es el sitio arqueológico en el que participó activamente durante varios años como arqueólogo y ser humano.

En este sitio, Lenin trató de conservar el patrimonio en beneficio del pueblo ecuatoriano a través de varios proyectos. Este libro quedará como su legado para las generaciones venideras, en donde el autor da una variante viable al uso y conservación de este y otros sitios arqueológicos. La obra está divida en tres partes, que contienen tres aspectos diferentes sobre la zona arqueológica. La primera parte trata de la ubicación geográfica y las ventajas de esa localidad, al igual que la flora y fauna que se ha podido encontrar a través de los años. También se mencionan las técnicas arquitectónicas utilizadas por este pueblo para crear los diferentes asentamientos que estuvieron bajo su dominio; y cómo ciertos patrones se repiten en las construcciones del pueblo de los caras. La segunda parte se enfoca en la interpretación de los restos arqueológicos, lo único que queda del pueblo milenario que los creó; este es un ejemplo de los

pueblos indígenas que olvidaron gran parte de sus orígenes. La última sección del libro trata sobre la conservación del patrimonio y la propuesta del autor para considerarlo de una forma distinta, que beneficie más al pueblo, que no solo conserve, sino que revitalice los sitios arqueológicos del Ecuador y de toda América Latina.

Durante la primera parte del libro, Lenin habla sobre la ubicación geográfica de Cochasquí, en la zona norte de la hoya de Quito, un área con una historia muy rica que data desde el Pleistoceno, cuando los grandes animales atravesaron la región. También menciona el trágico descuido de las comunidades y la falta de conservación de la fauna autóctona de la región, que ha desaparecido casi por completo, lo que privó a la población de una flora y fauna muy diversa que, hasta el día de hoy, no se ha intentado recuperar. El enfoque principal de esta primera parte son las técnicas de arquitectura usadas por el pueblo cara para crear las pirámides de Cochasquí y otros sitios de la región. Los caras tenían patrones que se repetían a lo largo de Cochasquí y otras

estructuras monumentales de su creación. Pero las pirámides eran más que solo estructuras cerca de un pueblo: con su ayuda, el pueblo cara, al igual que sus descendientes, podían predecir el clima con una probabilidad de acierto bastante alta, lo cual demuestra que los pueblos milenarios de la región eran muy observadores y usaban fenómenos climáticos, como el de las cochas (del cual viene el nombre del sitio) para predecir la lluvia. Las estructuras de Cochasquí también dejan ver que la Cultura Cara estaba bien establecida, con diferentes estratos sociales y económicos, los cuales están representados muy claramente en la zona, al igual que en más de 100 sitios de arquitectura monumental encontrados bajo lo que se considera los dominios de los caras. La tecnología utilizada por el pueblo cara es bastante avanzada dada la magnitud del resultado. Las construcciones de las pirámides consisten en bloques de cangagua y rampas del mismo material ubicadas a intervalos bien calculados para poder crear una estructura de semejantes proporciones. Los indígenas de la zona utilizaban guandos (cargadores) para transportar bloques de hasta una tonelada de peso, con los cuales se construían las pirámides. Además de pirámides, ahí también se construían montículos con una estructura bastante elaborada, lo que prueba el avance de civilización de los caras a nivel científico, espiritual y arquitectónico.

 

La segunda parte de esta obra trata sobre la interpretación de los restos arqueológicos y de los herederos de la cultura cara. Una de las teorías más importantes planteadas en esta sección es la del Modo Andino de Producción, la cual les permitió establecer comunidades agrarias en diferentes pisos ecológicos y crear una gran variedad de productos a la disposición de estas culturas. Además, se menciona la minga, una forma de trabajo colectivo para la creación de caminos, recintos, canales de agua, entre otros, que les permitió crecer como cultura y que hasta el día de hoy se utiliza en el Ecuador. En esta sección también se analizan las técnicas agrícolas de los pueblos caras y sus calendarios, que fueron creados con base en observaciones de la naturaleza a su alrededor, calendarios que los habitantes de Cochasquí usan cada año por su alto índice de exactitud en épocas de cosecha. Lenin también menciona la gran capacidad tecnológica de los nativos al hablar sobre trabajadores especializados en construcción, artesanía, astronomía, metalurgia, cestería, agronomía y otras actividades. Además de esto, hace mención a la supervivencia de ciertos rasgos de la religión indígena de la Colonia, con tradiciones como la del Día de los Muertos, la adoración al sol y a la luna por parte de ciertos pueblos. El análisis que hace Lenin de la cultura cara y de las pirámides de Cochasquí, no solo trata de rescatar las tradiciones, sino de entender las razones del por qué se edificó una estructura de tan grandes proporciones.

La tercera parte del libro está escrita con mucha pasión y es donde Lenin habla sobre cómo conservar y revitalizar el patrimonio cultural, en este caso, de Cochasquí. Lo que Lenin propone está divido en tres pasos: primero la conservación y restauración del área monumental –lo que tiene que suceder en orden, para detener el deterioro, pero sin afectar el medio ambiente de la zona. El segundo paso es el desarrollo económico de la población local, que puede llevarse a cabo con todo tipo de obras de infraestructura ya que, sin el desarrollo económico de la población local, no se podrá ayudar a la comunidad a progresar junto con el sitio arqueológico. El último paso es la difusión del complejo arqueológico, lo que va a permitir el conocimiento de las culturas antiguas del Ecuador, además de protegerlas. En esta última parte del libro, Lenin también propone la investigación a fondo del sitio arqueológico por medio de técnicas no invasivas y el fomento de la conservación y revitalización de Cochasquí, que tanto ha decaído por falta de mantenimiento. Todo esto es una forma positiva de mostrar a otros arqueólogos y a la gente común lo que se debe hacer para proteger nuestras raíces.
En general, la obra de Lenin Ortiz viene del corazón y demuestra su amor por la patria y por el conocimiento que debe ser conservado para las generaciones futuras. El autor analiza el Proyecto de Cochasquí de principio a fin y desde varios aspectos, no solo arqueológicos, sino sociales; mientras que propone la creación de un proyecto de conservación, no solo para poder aprender del sitio, sino también resguardarlo. Al fin y al cabo, lo único que el ser humano deja es su herencia cultural, más que objetos de valor comercial; por esto, el pueblo ecuatoriano le agradece a Lenin por haber dejando un libro vital para el conocimiento de nuestras raíces.
La herencia histórica, que indudablemente forja la cultura, define los rasgos de identidad y pertenencia de un pueblo.

Lenin Ortiz Arciniegas


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