Fundación Antonio Núñez Jiménez
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“EN CANOA DEL AMAZONAS AL CARIBE”: 30 AÑOS DESPUÉS.

ÁNGEL GRAÑA GONZÁLEZ, VICEPRESIDENTE DE LA FUNDACIÓN ANTONIO NÚÑEZ JIMÉNEZ DE LA NATURALEZA Y EL HOMBRE. MIEMBRO DE LA EXPEDICIÓN



El 2 de marzo de 1987, aproximadamente a las 10 de la mañana, zarparon del Puerto de Misahualli en el Río Napo, en Ecuador, las cinco canoas que formaban parte de la expedición “En canoa del Amazonas al Caribe”, organizada y dirigida por el Dr. Antonio Núñez Jiménez, en la que participaron investigadores de Ecuador, Perú, Colombia, Brasil, Venezuela, República Dominicana, Puerto Rico y Cuba. Así, entre geógrafos, hidrólogos, biólogos, botánicos, arqueólogos, historiadores, artistas, sociólogos, fotógrafos y aplausos y gritos de los pobladores, comenzaría a navegar la canoa “Simón Bolívar”, que con ese espíritu bolivariano de la amistad y la unión de los pueblos, echaría a andar por ríos, mares y selvas en esta empresa que auguraba nuevos descubrimientos científicos y culturales que primarían en todo el estudio de nuestra América.

Siempre se ha dicho que Colón descubrió a América; sin embargo, cuando el gran navegante llegó a la Isla Guanahaní, allí fue recibido por los indios que procedían de las cuencas del Amazonas y el Orinoco (¿los verdaderos descubridores de esta área?), razón histórica por la cual uno de los objetivos principales que se propuso la expedición fue resurgir el descubrimiento del Caribe por estas razas que, ya en 1492, habían poblado Las Antillas y Las Bahamas.

Situaciones, escenarios, entornos, avatares y obstáculos se sucederían a lo largo de la travesía.

Uno de los recuerdos más preciados del viaje, fue el día en que todos los expedicionarios fuimos a la casa del célebre pintor ecuatoriano Osvaldo Guayasamín, donde este le hizo entrega al Dr. Núñez Jiménez del estandarte de la expedición, bordado por indígenas, y que sería, a partir de aquel momento, la enseña oficial que blandirían nuestras canoas. Él nos relató el significado de su dibujo central que apresaba la leyenda de un pájaro volando hacia el sol, indicándole, sobre una canoa, al descubridor del Río Amazonas, Orellana, la dirección del Este. Después de esta hermosa explicación, nos deseó buen viaje y su seguridad de que obtendríamos con nuestras investigaciones un estudio más profundo sobre la región.

Fue un año de duro viajar y muchos estudios; cada expedicionario dedicado a su especialidad; Núñez Jiménez, incansable con la Geografía y las investigaciones científicas de la Naturaleza y el Hombre.

Los resultados de esta proeza histórica quedarían plasmados en dos libros de Núñez: En canoa del Amazonas al Caribe y En canoa por el Mar de las Antillas; ambos revelan los aconteceres, obstáculos, descubrimientos, estudios e investigaciones que se lograron a través de toda esta ruta. Otros especialistas latinoamericanos también publicaron en sus respectivos países.

Una oportunidad que no olvidaremos, fue la visita durante 2 días a una comunidad de indios huaoraníes en el Río Yasumí, en la frontera entre Perú y Ecuador. Navegamos en una canoa a motor más de 8 horas por ese río hasta llegar a esta comunidad. Es cierto, estábamos algo tensos, debido a las escasas noticias que se habían tenido en casi 4 siglos de estas tribus y a su encentrada ubicación en plena selva, al tiempo de no saber qué reacción tendrían al encontrarse con nosotros; Núñez, solo designó a siete expedicionarios para que lo acompañaran, guiados por Denis Abarca, joven quichua, conocedor del dialecto huaoraní.

Durante el tiempo que este grupo de la expedición estuvo con ellos, se conocieron detalles de sus costumbres, su modo de vida, extremadamente alejada del mundo actual; se constató que habían sido explotados por las compañías caucheras y madereras, y cómo casi exterminados, se refugiaron en lo más profundo de la selva.

Nos impresionaron sus habitantes: la primera india que tratamos, la abuela Mimavi, solo cubría su sexo con unas bragas y conocimos a Kai, el legendario jefe del clan, quien había participado en las luchas contra los petroleros invasores. Su trato con los expedicionarios fue siempre amable, contrario a lo que pensábamos encontrar.

Y así pudiéramos seguir contando, recordando 30 años después, otras experiencias no solo con los huaoraníes, sino también con los secoyas, quienes hasta hacía muy poco carecían de machetes y cuchillos, y solo utilizaban piedras, o los huitotos con sus típicas casas-palafitas, construidas sobre horcones en el río, o los ticunas que viven fundamentalmente de la caza de monos macacos y puercos jíbaros; pequeñas poblaciones de tribus amazónicas en las que todavía enfermedades como el paludismo y la malaria se enseñorean entre sus habitantes.

Sorprendentes fueron las manifestaciones de arte rupestre en los petroglifos del Cerro Pintado de Atures al Este del Río Orinoco, con sus enormes figuras talladas a 80 m del suelo.

No menos sorprendentes e interesantes fueron las entrevistas que tuvimos con distintos misioneros, quienes se empeñaban en catequizar las tribus y en las que algunos nos decían que a pesar de que exteriormente parecía que lo lograban, estaban convencidos de que el indio seguía siendo en su interior, indio, sin abolir sus costumbres, sus creencias, su cultura.

Muchos fueron los obstáculos encontrados durante ese año: terremotos, palizadas producto de estos, que cubrieron parte del Río Napo en su confluencia con el Amazonas e impedían totalmente el avance de nuestras canoas, en medio de un panorama desolado de muerte y miseria; o las famosas cachoeiras, profundos remolinos en los ríos que, al formarse, pusieron en peligro las canoas y las vidas de los expedicionarios.

En territorio peruano, nos percatamos de la deforestación de la selva, en Shapajal, donde asistimos a una gran devastación del monte, realizada por una organización holandesa con el propósito, según ellos, de siembra del Dende o Palma Africana, para producir aceite. Sin embargo, igual situación de pérdida del bosque encontramos también en otros lugares de Colombia y Brasil.

Un detalle significativo en nuestro viaje, y que nos dio la medida de la situación de estas áreas, fue al conocer a Joannes Renoy, consultor del Programa de Desarrollo Integral del Estado de Amazonas, quien había puesto todo su entusiasmo en hacer realidad el enorme desarrollo de este Programa para una plantación, calculada en 8 años, y de los que ya hacía 4 trabajaba allí. Él nos informó que la concesión otorgada a la empresa era de unas 273 000 hectáreas, de las cuales se estaban talando 5 000, pues el resto se conservaría como selva y, además, se dejaban intactas las márgenes de los ríos y los igarapés; con todo este Plan, se esperaba que la producción de aceite llegase a 20 000 toneladas anuales, además de 4 000 toneladas del fruto comestible. La fábrica transformadora del palmiche en aceite en ese momento no había sido construida, aunque todo indicaba que era un proyecto muy beneficioso para la región. Para toda su ejecución, el gobierno brasileño aportó 20 millones de dólares.

Lastimosamente, supimos años después que este proyecto se interrumpió y no llegó a su culminación, por lo que todo se perdió, y el resultado: se quedaron sin aceite y con el consabido deterioro de la fauna y flora, otra de las crudas realidades de estos parajes.

También estuvimos en el pueblecito de San Leopoldo, habitado por indios ticunas, donde nos atiende Juan Antonio Ramos, el Capitán, título que recibe el curaca, cargo de elección que ejerce con carácter permanente sobre toda la comunidad, constituida por 53 viviendas, A menos de 1 km del lugar, hallamos el Monte de Oliveira, punto más alto de la zona, tal vez de unos 50 m de altura, coronado por una gran cruz de madera, símbolo de los dacrucistas o seguidores de José Francisco Da Cruz. Esta visita nos permitió conocer esta creencia que domina de manera total en la aldea. No pudimos subir al Monte, donde veneran su cruz, pues está prohibido a los blancos, pero sí pudimos percatarnos de la enorme influencia de esta secta en esta comarca, que no sería la única en profesarla.

No queremos terminar sin antes narrar una de las experiencias más sensibles y humanas que vivimos durante la expedición y que en el transcurso de estos 30 años se ha mantenido imperecedera en nuestra memoria. Fue precisamente al desembarcar en San Pablo, en la orilla derecha del Río Amazonas, cerca de la frontera con Colombia. Allí se encuentra el Leprosorio de San Pablo de Loreto, en él uno de los leprosos, Isaías Silva, nos contaría que, producto de la enfermedad, el Mal de Hansen, tenía su brazo en estado tan lastimoso y con un dolor irradiándole a todo el cuerpo, que solo esperaba la muerte, y en ese momento llega el Che (el joven Ernesto Guevara, recién graduado de médico) y al conocer el caso, decide operarlo, contra todos los pronósticos, aventurándose a contraer la enfermedad, y no solo lo operó y le salvó la vida, sino que al otro día hasta le llevó temprano el desayuno. Y agregó Isaías: “Yo llevé sufriendo 10 años, hasta que llegó Guevara y me curó”. Anécdota que nos produciría una gran emoción, más que fehaciente y reveladora de quien, años después, se convertiría en el Guerrillero Heroico y luego en símbolo de millones de seres en el mundo.

Y así infinidad de leyendas, sucesos, ambientes, entornos, historias, a veces, dramáticas, interminables de narrar en unas pocas cuartillas.

Sí debemos resaltar que el convivir durante ese tiempo con esas comunidades, indudablemente nos conmovió a todos y nos permitió aquilatar una realidad mucho más objetiva de estos lugares, de la que hasta ese instante solo habíamos tenido contradictorias nociones; pequeños pueblos, ignorados o, lo que es peor, testigos de lamentables hechos en los que todavía persiste la explotación indígena, indefensa ante la acometida del mal llamado “desarrollo de la civilización”, y cuyas circunstancias, condiciones y contextos han sido tergiversados a través de la Historia.

La expedición “En canoa del Amazonas al Caribe”, sin dudas, marcó un hito como proyecto internacional expedicionario y logró sus propósitos iniciales fundamentales: revivir con su travesía el verdadero descubrimiento del Caribe y sus islas por las tribus prehistóricas del Amazonas y el Orinoco: obtener investigaciones que entrañan nuevas realidades culturales, sociales y científicas, así como alcanzar la unión latinoamericana y caribeña por la vía de la ciencia y la cultura, a través de la participación de los investigadores expedicionarios que la integraron.

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